LA ARAŅA QUE HACIA PUNCIONES LUMBARES

Ya estamos otra vez con la misma monserga: que si el niño no se está quieto no le puedo pinchar, que esto es muy delicado, que hay que sujetarlo muy fuerte aunque grite y llore como un descosido, que... ¡donde están los payasos que no aguanto más!

Esta es solo una pequeña muestra de lo que se cuece en el área de oncología cuando hay que poner un tratamiento de punción lumbar a un niño o una niña enfermos de cáncer. La situación es difícil de manejar por lo compleja y delicada que es la maniobra que el médico tiene que hacer: ha de inyectar en la médula del niño un tratamiento contra su galopante cáncer y éste ha de estar durante dos minutos en una posición incómoda y extraña sin mover ni una pestaña. Duro trabajo el de los especialistas de cáncer. Porque un niño es un niño y es casi imposible que esté inmóvil ante una agresión así.

Pero la casualidad hizo que pasáramos por allí y el médico, desesperado, nos pidió ayuda. No estaba en nuestro recorrido pero asomamos la nariz roja a ver qué pasaba. ¡Vaya plan! Cuando nos explicaron el mecanismo miramos debajo de la camilla donde estaba el niño como lo haría el fontanero del Titanic en la noche de marras y tras sopesar los pros y los contras nos pusimos manos a la obra. Había que captar la atención del niño durante dos minutos para que no moviera ni un pelo. Esto era trabajo para Ramona, la araña. Nos acostamos debajo de la camilla mirando hacia arriba (el niño estaba acostado boca abajo) y le contamos que teníamos una araña en la caja que iba a picarle al médico si le hacía daño. Un destello iluminó los ojos del niño. ¡Por fin se vengaría de tanta tortura! La araña comenzó a mover la tapadera de la caja y asomó una pata. Si el niño se movía se escondía. Rápidamente entro en el juego y la araña tardó algo más de dos minutos en salir de la caja, con lo que al médico le dio tiempo de sobra para hacer su trabajo en las mejores condiciones. Hay que aclarar que la punción lumbar no es dolorosa, pese a su aparatosidad, pues la anestesia hace su trabajo.

Esta situación dio paso a una fructífera relación y un nuevo proyecto se puso en marcha. Habría dos payasos siempre que hubiese punción lumbar. Recogimos nuestros trastos y nos despedimos de nuestro amigo hasta la próxima ocasión. Notamos que Ramona, la araña, estaba algo triste pues no había tenido oportunidad de picarle al médico. Otra vez será, le explicamos, y tan contenta. En cuanto salimos al pasillo nos dimos de morros con una maestra que venía del general (así le llaman a las plantas donde están ingresados los adultos... en general) de visitar a una niña de once años y nos pidió que fuéramos solo un ratito. ¡Pero si no tenemos tiempo!... ¿En qué habitación está? La maestra puso pies en polvorosa y nos precedió. Estas maestras que trabajan en el hospital son puro corazón. Tienen que enfrentarse continuamente con el desánimo de los niños, con la apatía de los padres para los que lo primero es la sanación de su hijo y ya aprenderá después. Ellas solo pretenden que el niño o la niña no olvide su condición para que cuando vuelva a clase no esté desconectado de su realidad cotidiana y con un nuevo problema a resolver. Pensaba todo esto mientras la seguíamos por el laberinto de pasillos y ascensores y, de cuando en cuando, bailábamos con una abuela que salía del ascensor, o pedíamos peaje a un señor que iba en una silla de ruedas.

Habitación 535. Una niña (¡que sí que era una niña, aunque las normas del hospital digan que a los once años ya es una mujer y al general!) con ojos azules, con cara de susto y mirando de soslayo. ¡Lo que me faltaba, payasos! pensó. Le dije que me enviaba Alejandro Sanz con una misión muy concreta: que fuera mi novia. Una mueca medio sonrisa, medio estupor se dibujó en su rostro. ¿Tu novia? Si pareces el Pavarotti con paperas. Fue amor al primer tortazo. A partir de ahí nos perseguimos por todo el hospital diciéndonos los piropos más bestias que nadie se pueda imaginar. Ya no podemos pasar el uno sin la otra.

Mi compañera y yo hemos recogido lo que ha quedado de nosotros desparramado por todo el hospital y nos hemos marchado con una ligera sensación (una vez más) de que hay mucho trabajo por hacer. Pero tendrá que ser el próximo día.

PUPACLOWN