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DIARIO
DE UN PAYASO DE HOSPITAL
Otra vez
camino del hospital, como cada lunes o jueves, con una buena carga de
recursos humorísticos para los niños hospitalizados. La
última vez nos encontramos con un caso de esos que no sabes por
dónde empezar. Un niño con una operación en el cerebro
por un tumor canceroso que le ha propiciado una fuerte deficiencia psíquica;
de bajísima extracción social; abandonado por los padres
en el hospital a su suerte; atado de pies y manos a la cama para que no
se arranque los vendajes que lleva por todo su cuerpo exánime;
con un sonido gutural lastimero que no cesa (¡es sordo y ciego,
nos dice una enfermera, no os molestéis porque no se entera de
nada!). Tiene once años. ¿Qué hacemos? Se nos ocurre
acariciar su piel lechosa al tiempo que hacemos sonar unas notas de armónica
y para nuestra sorpresa el niño cesa en sus gemidos, ha captado
que no somos enfermeras, ni médicos, ni nadie de los habituales
del hospital. Está esperando. Seguimos tocándole un brazo
y ascendiendo hacia la cara con cada nota de la armónica. Parece
gustarle Llegamos hasta su oreja y al tiempo que se la apretamos hacemos
una pedorreta con la boca. ¡El niño estalla en carcajadas!
¿Así que no se enteraba de nada?. Habíamos conectado.
A partir de aquél momento el niño captaba cada vez que entrábamos
en la habitación y se predisponía al juego.
¿Dónde está la frontera del sentimiento? Mientras
una persona está viva tiene sensaciones y hay que buscar la forma
de llegar hasta ellas. El trabajo sigue su ritmo en un hospital gigante
con una ocupación increíble. Muchos niños enfermos,
cada uno con su problemática física y psicológica
y nosotros avanzamos en este mar de dolor y estupefacción. Habitación
por habitación, planta por planta, hasta acabar exhaustos seis
horas después.
El trabajo de payaso de hospital es una mezcla de diversos ingredientes.
Coja algo de su experiencia teatral con niños, bastante de técnica
de clown, algo de magia, mucha improvisación, un poco de música,
mucho de psicología infantil y agítelo bien todo. Con este
cóctel estará preparado para cualquier eventualidad... menos
para la muerte de ese niño o niña que tanto le cautivó.
Cuando ese fatídico momento se acerca solo nos queda el recurso
de contar un cuento, una alegoría de los paraísos interiores
y quizás pegar unas estrellas en el techo de su habitación,
de esas que si apagas la luz siguen brillando, y esperar a que el niño
despierte y las vea, o no. Ellos ya han preparado su viaje y siempre lo
aceptan con una serenidad que a los adultos les produce estremecimiento.
Saben que la muerte es otra forma de vida. Cruzan al otro lado de la laguna
Estigia conducidos por Caronte para seguir su camino, cualquiera que sea.
Y nosotros cruzamos el pasillo para seguir con otro niño que acaba
de llegar para ser operado de apendicitis y tiene una cara de susto que
no veas. Le dio un dolorcillo en el lado la tarde anterior, después
de la fiesta de cumpleaños de su hermano mayor. Por la noche se
puso fatal y a la mañana siguiente lo llevaron a urgencias. Por
la vía rápida entró en la sala de preparación
de quirófanos y ante lo que se le venía encima creyó
morir del susto. ¿Dónde están sus padres? ¿Por
qué todo el mundo lo trata tan bien, si ni siquiera lo conocen?
Con sus cinco años a cuestas nos dijo llorando que le había
pasado eso porque había comido demasiada tarta el día del
cumpleaños de su hermano. Le daba igual que le contáramos
que a nuestro elefante le había pasado lo mismo que a él
y que también estaba allí, pero que había sido por
montar en bicicleta. A él fue por la tarta y no hay más
que hablar. Pronto se calma y entra el juego de los disparates, la anestesia
previa va haciendo efecto y se relaja hasta el punto de decir más
tonterías que nosotros. Terminamos buscando la pulga, que está
imposible y no se está quieta. Aparece un enfermero que lo coge
para introducirlo en el quirófano. Le damos el encargo de que si
ve la pulga o el elefante que les diga que estamos esperando aquí.
Nos despedimos de él y comprobamos satisfechos que no se ha enterado
de nada de lo que antes le asustaba tanto. Cuando acabó su operación
lo recibimos en el mismo lugar que nos habíamos despedido. Abrió
el ojo y totalmente atontado por la anestesia general y con lengua borracha
nos dijo: ¡Vamos a jugar! y siguió durmiendo un rato más.
Cogemos nuestros bártulos y nos vamos a nuestra casa con la marca
del elástico de la nariz roja en la cara.
PUPACLOWN

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