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¿DÓNDE
ESTÁ MI MADRE?
Eso digo
yo, ¿dónde está la madre de este niño? Menuda
situación, un niño de poco más de dos años,
solo en su habitación, con un pie escayolado por un golpe que le
ha dado un automóvil y su madre no puede estar con él. ¿Por
qué? le pregunto a una enfermera excesivamente atareada.
- Porque esas son las normas. Cuando ya han sido operados o están
en espera del alta sus padres no pueden estar aquí, no hay bastante
sitio.
- Pero si solo tiene dos años y no deja de llorar preguntando por
su madre, que esto no es un campamento, mujer.
Sigue la conversación en términos parecidos hasta que decidimos
intervenir e intentar calmar al niño. Nada más fácil.
La magia siempre ayuda. Pero siempre nos hacemos la misma pregunta: ¿qué
cree un niño que hay detrás de la puerta por donde desaparecen
sus padres? Y esto lo digo porque nos hemos encontrado con las caras más
curiosas que te puedas imaginar.
Un niño o una niña llegan al hospital con sus padres, tiene
un dolor raro en el costado y hay que hacerle pruebas. Entran por urgencias
y a partir de ahí comienza el juego de puertas. Una puerta se abre
y entra un señor con cara de preocupación que le toca donde
le duele y tras escribir unas notas en una tabla sale por otra puerta
enigmática. Desvisten al niño, lo ponen en una cama y lo
suben a una habitación atravesando multitud de puertas que se abren
y se cierran a su paso. En la última puerta sus padres ya no están.
Ha podido ver a su madre que estaba llorando y ahora está solo,
rodeado de enfermeras que le sonríen con profesionalidad y sin
mirarle a la cara. El niño o la niña se queda con la mirada
fija en la última puerta esperando ver aparecer a su madre de un
momento a otro. Pronto llegará el momento de asumir lo inevitable.
Y entonces aparece el llanto, único remedio por el momento para
protestar por lo que no se entiende. A veces lloran porque el pijama es
muy grande. ¡Qué ironía del destino! Quiere que venga
su madre porque ella sabe la talla que usa de pijama. Le convencemos con
nuestros trajes veinte tallas más de lo normal, como su pijama.
Pero la mirada sigue prendida en la puerta por donde se fue su madre y
que una vez al día volverá a dejarla pasar.
A veces tenemos más suerte, de esa que marca el destino de las
personas con hilos invisibles. Por ejemplo, un día un niño
de tres años lloraba porque su padre no venía a buscarlo.
Él no sabía que le habían dado el alta -¿cómo
iba a saberlo?- pero nosotros sí y comenzamos un juego de magia
con él para hacer aparecer a su padre por la puerta.
- ¡Mira fijamente a esa puerta misteriosa! ¡Panza de león,
cola de cartón que aparezca tu padre y no un ratón!
Sorpresa para todos, sobre todo para nosotros, porque la puerta se abre
y ¡aparece su padre! El niño tan contento y con una sonrisa
lógica pues sabía que nosotros éramos magos, ya se
lo habíamos demostrado en otras ocasiones. Las enfermeras nos miraban
con cara de incredulidad y nosotros nos frotábamos las manos por
el trabajo bien hecho, pero ¡qué casualidad, oye!
Después de tanto tiempo en el hospital ya sabemos que la casualidad
no existe, que los hechos se encadenan unos con otros de una forma irreal
pero cierta, que solo hay que abrir los ojos para que pasen cosas que
unos tildan de destino divino, otros de sincronicidad y los más
racionalistas lo justifican con la palabra casualidad, pero ya sabemos
que no, que no es así, aunque nos da igual porque la enfermedad
sigue su curso y los niños siguen postrados esperando que alguien
les saque de ese estado tan anómalo.
Seguimos nuestro trabajo, tropezamos con las camas, nos caemos por el
suelo, se nos cae todo lo que llevamos en la maleta y como no conseguimos
mantener el equilibrio optamos por trabajar desde el suelo. La risa ya
se ha convertido en carcajada. Es el triunfo del fracaso. Otra vez la
adversidad ha sido vencida. Hasta mañana.
PUPACLOWN,
PAYASOS DE HOSPITAL

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