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CUANDO CONTAMOS MUCHOS CUENTOS
Hoy tenemos
el día cuentista. Cuando hemos llegado al hospital nos hemos encontrado
con un niño que había sufrido un accidente de tráfico
con sus padres con un resultado espeluznante: ha sido el único
que se ha salvado. Tiene ocho años y todavía no sabe nada.
¿Qué hacemos? ¿Le hacemos las bromas que llevamos
preparadas? ¿Le cantamos una nana para que se le pase el dolor
que tiene en todo el cuerpo, pequeño cuerpo magullado? ¿O
le hacemos ese número de magia que tan bien nos sale y que hace
desaparecer un pañuelo? El niño abre un ojo amoratado, nos
mira con cara de saber más de lo que parece y nos dice:
- Raúl es mejor jugador que Ronaldo. Vuelve a cerrar el ojo y respira
hondo esperando a ver como aceptamos el reto que nos acaba de lanzar.
- ¡De eso nada, monada, le decimos, Raúl es un pinchabalones
y Ronaldo mete los goles con la gorra, si quiere! La pelea está
servida.
En su móvil inmovilidad (es fascinante la capacidad que tienen
algunos niños para mover la parte del cuerpo que tengan libre como
si tal cosa), nuestro amigo nos da todo lujo de detalles de cómo
entró el último gol de Raúl. Nos rendimos a la evidencia
y le prometemos que a partir de ahora, para nosotros, Raúl es mejor
que Ronaldo... aunque lo tiene que demostrar en el próximo partido.
Acabamos la visita contándole el cuento aquél de la rata
que quería casarse con el ser más importante del mundo y
después de dar muchas vueltas (visitó al sol, a la nube,
al viento, al muro, etc.) acabó casándose con el ratoncillo
que vivía cerca de su casa. El cuento tuvo un efecto hipnótico,
se produjo un paréntesis en el transcurrir del tiempo, en la cotidianeidad
del hospital, y el niño enfocó sus ojos a un lugar al que
solo un niño puede y sabe llegar. Un lugar lleno de paisajes, personajes
y fantasías reales. Un lugar al que no le afecta la desdicha y
donde todo es posible.
Nos marchamos con un colorín, colorado y ya sabíamos que
esa mañana los cuentos serían los protagonistas de nuestra
ruta.
Siguiente parada: escolares (es un lugar lleno de niños y niñas
con todos los síntomas de enfermedades que te puedas imaginar.
Están en observación hasta que los médicos descubren
la causa y los curan). Aquí la algarabía siempre está
manifiesta, porque aunque a algunos les duele algo, otros vomitan de vez
en cuando, o tienen fiebre, o están más amarillos que la
cera, o... siempre tienen ganas de jugar y la llegada de los payasos es
la señal de que ya se puede hacer el loco durante un rato. Como
siempre, organizamos todo para empezar con lo que llevamos preparado,
pero, como siempre, no lo hacemos. Un niño pelirrojo muy travieso
nos ha descubierto el número de magia y se lo ha contado a todos;
se fastidió el invento. Mi compañera me mira con cara de
saltar por la ventana o meterse en una cama, y hace esto último:
se mete en la cama de un niño sorprendido y se tapa con las sábanas
cabeza y todo. Como si de una consigna se tratara todos los demás
hacen lo mismo: ¡15 niños metidos debajo de las sábanas,
en la misma cama! ¡Como venga la enfermera! De pronto nos damos
cuenta que ese lugar se ha convertido en una cueva llena de misterios
y quince pares de ojos nos miran con expectación. El cuento nos
brota sin proponerlo. Un cuento de miedo, en esa oscuridad compartida,
es una experiencia que no van a olvidar fácilmente. Le contamos
el más macabro de todos, el de la asadura, el único cuento
español donde se da la antropofagia, vestigio de una época
prehistórica. La situación se vuelve tensa como cuerda de
violín cuando el muerto se va acercando a la cama diciendo: ¡María,
ía, ía, dame la asadura que es mía! ¿Pero
qué asadura? ¡¡¡Esta!!! grita el muerto al tiempo
que agarras al niño que está más cerca. El grito
de pavor del grupo es unánime y las sábanas ruedan por los
suelos destapando la cueva ancestral. A todos les brillan los ojos, se
ríen, gesticulan, imitan las voces del cuento, en definitiva han
olvidado por un rato su enfermedad y que están en un hospital,
han vuelto a ser niños reviviendo el misterio que se pierde en
la noche de los tiempos.
Nos marchamos intentando recomponer nuestras maltrechas figuras y enderezando
la nariz roja hacia el pasillo central. El trabajo sigue y todavía
quedan muchos cuentos que contar.
PUPACLOWN

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